martes, 12 de noviembre de 2013

 Las Caricias de Dios

Este breve relato,  pero no cotidiano, cuenta el encuentro entre dos personas muy distintas. Una niña entre los 5 ó 6 años y una mujer casi en la frontera de los 78, de cómo el destino, siempre caprichoso e imprevisible, las une por un momento separándolas un instante después. Sin embargo, el sentimiento de gratitud de una de ellas hacia la otra, permanecerá para siempre en el mejor rincón de su memoria.
Así sucedió y así lo cuento:
Se sentó a mi lado cuando quedó libre el asiento del autobús, obedeciendo quizás, al gesto de invitación que le hice y, no sin antes pedir permiso a la persona que le acompañaba, posiblemente su padre.
Este cubría la cabeza con un casquete de algodón blanco tricotado a mano, calzaba chanclas y vestía una especie de túnica larga cuyos vivos colores delataban, sin lugar a dudas, su procedencia africana. La niña, por el contrario, vestía al estilo europeo, su traje blanco resaltaba, todavía más si cabe, el color de su piel de un marrón oscuro, casi negro. El pelo, excesivamente rizado, había sido peinado en diminutas trenzas con lazos de tan vistosos colorines, que no le permitían pasar desapercibida. Sus ojos, oscuros y profundos, daban paso a una mirada, mezcla de inocencia y de ganas de aprender. Los labios gruesos, pero no en exceso, de color rosa intenso y bien delineado, cuando sonreían, dejaban al descubierto dos hileras de blanquísimos dientes perfectamente alineados.
Para ganarme su confianza le dije:
"Mi nombre es Marina, adivino que tú tienes uno precioso, muchas amigas y sabes contar muchos cuentos".            Ella sonreía asintiendo con un ligero movimiento de cabeza a cada una de mis afirmaciones.
Mi nombre es Betsabe, y tú ¿sabes contar cuentos?
Le propuse que contásemos uno a medias y elegimos los "3 cerditos" Siempre me ha gustado ese tipo de cuentos que enseñan a los niños valores y principios. Así pues, ella comenzó contando las tribulaciones del Perezoso y del Glotón y yo, continué con las de El Sabio (el trabajador). A la mitad del relato pude darme cuenta de que los viajeros cercanos a nosotras nos escuchaban con mucha atención.
Cuando el cuento terminó, Betsabé me preguntó con sumo interés: Marina, ¿tú eres mamá o abuelita?                 "Las dos cosas" contesté, "Soy mamá porque tengo dos hijos y abuela porque tengo dos nietos".
¿Te quieren mucho Verdad? Volvió a preguntar.
Perpleja le contesté: ¡Pues claro! ¡Estoy segura!, pero ¿Por qué me lo preguntas?
Muy segura de sí misma afirmó: "Porque si tú fueras mi abuelita, yo te querría mucho. Eres buena, porque quieres a los niños y... cuentas los cuentos tan bien.
De pronto me di cuenta de que tenía que irme, estaba llegando a mi parada. Así se lo hice saber a la niña que espontáneamente contestó: ¡Tan pronto! ¿Nos volveremos a ver otro día?
Me sorprendió la manera de expresar su deseo y pensé que yo no iba a tener el valor de negarle esa ilusión, así que con el mismo entusiasmo contesté: ¡Pues claro, ojala, me encantaría!, al mismo tiempo que ponía un beso en su frente y acariciaba sus mejillas.
Salí al pasillo emocionada y alcancé la salida. El conductor estaba frenando y aun no se habían abierto las puertas, cuando volví a oír la voz de Betsabé diciéndome: "Marina, cuídate mucho".
Me di la vuelta rápidamente para poder darle, agitando la mano, mi último adiós.
Un instante después, perdí de vista el autobús y con él a Betsabé.
Como si el mejor pegamento del mundo hubiese hecho su efecto bajo mis pies, quedé un largo rato quieta, parada, como pegada al pavimento, pensando y preguntándome una y otra vez: ¿Cuánto tiempo hace que nadie te dice que se alegra de verte, que desearía volver a hacerlo pronto, que le pareces buena persona y te aconseja que te cuides? 
Aquel día, como todos los días y, desde que el mundo es mundo, Dios repartió sus caricias. A mí me las hizo llegar a través de una niña inmigrante subsahariana, cuya belleza exterior, casi perfecta, no era más que el frágil y humilde envoltorio de una extraordinaria belleza interior que recordaré y guardaré, mientras me sea posible, en uno de los mejores rincones de mi memoria.                                    
                                                                             Marina